lunes, 29 de abril de 2019

El león va a la guerra. Fábula sobre el liderazgo para niños

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Estaba el león, el rey de la Selva, preocupado: otros animales de una zona limítrofe, les acababa de declarar la guerra. Sin embargo, el león, un fabuloso líder entre el resto de animales, tenía un plan, y reunió a todos sus súbditos:
– ¡Amigos! Un rey vecino nos acaba de declarar la guerra. Está bien, nos defenderemos. Pero no os preocupéis, porqueentre todos formaremos el mejor ejército.
El león, pidió ayuda a su consejero, el mono. Entre los dos, comenzaron a organizar a todos los animales para formar un poderoso ejército. Y así, fueron llamando a cada animal para explicarle cuál sería su misión según las cualidades y habilidades que tenía.
– Elefante, ven aquí- dijo el león- Tú eres muy fuerte, y serás muy útil para llevar todas las municiones. Piedras, troncos de árboles. ¡Vendrá fenomenal tu fuerza!
– ¡Sí!- contestó el elefante- ¡Yo llevaré todo lo que haga falta!
– Serpiente, tú serás la encargada de espiar al enemigo- le explicó el león- Eres silenciosa y podrás colarte por cualquier lugar para averiguar cuál es la estrategia de nuestro enemigo.
– ¡Me encanta esa tarea!- dijo la serpiente.
– Vosotros, zorros, os necesito- continuó hablando el león- Sois los más astutos de entre todos los animales. Quiero que me propongáis estrategias y tácticas de asalto para vencer la guerra.
– ¡En seguida nos ponemos a pensar en ello!- contestaron los zorros.
– Y vosotros, los osos- dijo el león- Con vuestra fuerza y agilidad podréis trepar por los muros cuando nos impidan el paso.
– ¡Eso está hecho!- dijeron los osos.

El mono le explica al rey que tienen un problema

Y así, uno tras otro, cada animal fue recibiendo un cometido. Hasta que el consejero del rey, el mono, le dijo al león:
– Majestad, tenemos un problema…
– ¿Y cuál es el problema?- preguntó el león.
– Tenemos dos animales que no nos sirven para nada… podríamos inventar cualquier excusa para mandarles para su casa.
– ¿Y qué animales son esos?- preguntó intrigado el león.
– El burro y el conejo- contestó el mono- Ninguno de los dos nos sirven… El burro es muy tonto, majestad, y el conejo demasiado pequeño y débil.
– Estás equivocado- dijo algo enfadado el león-. Escucha bien: todos los animales sirven para algo. El burro y el conejo, también- Y, diciendo esto al mono, llamó a los animales.
– Burro, tú serás el encargado de llamar a todos los animales a formar cuando yo te lo diga. Tu vozarrón es incluso más poderosa que la mía.
– ¡Fantástico!- dijo el burro.
– Y tú, conejo, eres tan rápido que me resultas de gran ayuda para llevar los mensajes de un lado a otro. Serás el mensajero y tu trabajo es de vital importancia.
Los dos animales sonrieron agradecidos. El mono, agachó la cabeza apesadumbrado: acababa de recibir una gran lección del león. Por algo era el mejor líder, el rey de la selva.
Moraleja: Lo que parece un defecto puede que sea una virtud. Solo el buen líder es capaz de verlo.

Fuente: https://www.tucuentofavorito.com/el-leon-va-a-la-guerra-fabula-sobre-el-liderazgo-para-ninos/

domingo, 28 de abril de 2019

EL SALÓN DEL SOL: CUENTO DE PERSEVERANCIA

Adela no era como las demás niñas. No le gustaban las muñecas ni los juegos de té. Le fascinaban los modelos para armar, los trenes eléctricos y los rompecabezas. Un día, por un anuncio, se enteró de la gran noticia: ¡Ya estaba a la venta el rompecabezas más grande del mundo! Tenía 24,000 piezas, medía cuatro metros de largo y presentaba imágenes de todo lo más hermoso que hay.
Cuando cumplió diez años, su padre, don Amado, lo encargó de Europa y se lo regaló. También acondicionó una gran habitación de su casa en el centro de Guanajuato en la que entraba mucha luz y colocó una mesa del tamaño apropiado para el trabajo: “Éste es el salón del sol”, le dijo al invitarla a pasar; juntos abrieron la caja y seleccionaron las piezas de las orillas a lo largo de veinte meses. Don Amado murió cuando Adela tenía dieciséis años; regresando del entierro, sin pensarlo, ella siguió con el rompecabezas, que apenas tenía una quinta parte completa.
Permanecía horas en el salón del sol y mientras seleccionaba las partes de color igual, recordaba a su padre. A los veinte, al regresar del internado, besó a su madre, a sus hermanos, y fue corriendo al salón. Dedicaba cualquier rato libre a completar la tarea que había iniciado en su infancia. Cuando el guapo Martín le propuso matrimonio ella le planteó una condición: “Sí, mi amor, pero ayúdame a buscar la cabeza de la cebra, que no hallo”.
Nacieron sus hijos: tantito los arrullaba y los amamantaba, tantito colocaba nuevas piezas. Cuando Martín chico comenzó a caminar ya había completado los peces. Cuando Amelia salió de primaria alcanzaba a verse el arco-iris. Ernesto se graduó y ayudó a su madre con la ciudad sumergida. “¡Es la Atlántida!” dijeron y se abrazaron emocionados al reconocerlo. A los cincuenta años Adela enfermó de gravedad. El médico le recomendó reposo y, aunque se sentía débil, a diario pasaba unas horas entregada a su tarea. Sus nietos eran pólvora… Adela temía que perdieran piezas; sin embargo, cariñosamente guiaba sus manos (sucias de tierra y caramelo) para que colocaran alguna en su lugar.
Cuando enviudó sólo faltaban detalles. Sin querer humedecía las piezas con sus lágrimas y las secaba con el pañuelo. Su vista se nublaba, pero sus dedos reconocían los contornos. Habían pasado sesenta años desde el día en que don Amado le llevó el regalo y ya podía verse todo: los animales, los globos, los veleros, las águilas, los planetas… Sus manos temblorosas alcanzaron a completar la Luna. Faltaba sólo una pieza, la punta del ciprés, cuando doña Adela quedó dormida para siempre sobre ese mundo. Ángel, su nieto, la encontró así aquel mediodía en que el salón del sol parecía hecho sólo de luz. Puso en su lugar la última pieza y acarició a la abuela. Dice que ahora vive en la isla, en la casa de tejado rojo que hay en el centro de la imagen, entre los árboles y el faro que ella construyó a lo largo de su vida.