Hoy
saqué de la pequeña bodega de Francisco, una botella de vino tinto. Sé que con
ello, lo hice muy feliz…
Tengo la
bendición de tener un grupo de amigos que me acompañan desde la época del
colegio.
Crecimos
juntos, nos divertimos, sufrimos, nos hemos acompañado, alejado por un tiempo
tal vez, pero seguimos unidos luego de tantos años.
Tengo
una historia de vida con ellos, con todos y con cada uno. Experiencias de
niños, de jóvenes, de adultos. Nuestra vida ha ido cambiando, se ha ido
transformando y algunos tal vez no somos los mismos de antes, pero nos une el
amor que nos tenemos y la fuerza de todo lo vivido.
Cuando
tienes amigos desde pequeño, amigos entrañables, tienes también –en cierto
modo- a sus familias contigo. Conoces a tus padres, llegas a quererlos, los ves
envejecer y los despides cuando parten. Un amigo te da no solo todo lo que él
puede brindarte, sino que “presta” si cabe el término a su familia, que con el
correr del tiempo, se hace un poquito propia también.
Eduardo
es uno de esos amigos que la vida me regaló y Francisco, su padre, es también
parte de mi historia, de nuestra historia.
Cuando
éramos más jóvenes, libres, con el solo compromiso de pasarla bien y estar
juntos, solíamos pasar mucho tiempo en la casa de Eduardo. Charlábamos,
escuchábamos música, fantaseábamos con lo que sería nuestra vida luego y
siempre, pero siempre, yo sacaba de la pequeña bodega de Francisco, una botella
de vino tinto.
De
carácter fuerte y poca paciencia, Francisco parecía siempre tener un reto en la
punta de la lengua, una mirada severa a nuestras conductas juveniles. Hoy sé
que era más una postura que otra cosa. No obstante, más allá de su carácter y
su posible enojo, yo no podía evitar mi costumbre de sacarle, cada vez que iba,
una botella de vino para compartir luego en otro lado con mis amigos.
Yo sabía
que él sabía que era yo quien jugaba ese juego y él jugaba conmigo. Yo no le
decía nada, él tampoco. De vez en cuando hacía algún comentario respecto de las
botellas que faltaban y parecía enojado y molesto, pero por algo ninguno de los
dos abandonó esa costumbre, más tarde lo entendí.
El
tiempo pasó, para Eduardo, para Francisco, para mí. La vida cambia como debe
cambiar, como es lógico que cambie, pero aún así no siempre es fácil aceptarlo.
Francisco perdió a su mujer, quedó solo en la casa, solo con esa bodega que, a
medida que todos fuimos convirtiéndonos en hombres ocupados, siempre estaba
llena.
Ya no
nos juntamos en la casa de Eduardo, ni en la de otro tampoco, mantenemos la
costumbre de ir a cenar afuera una vez por semana. Por el tiempo que dura esa
cena, volvemos a ser los de antes y es hermoso que así sea.
Ya no
frecuentamos a los padres de uno o de otro, algunos ya ni siquiera los tienen
porque la vida pasa y pasa para todos.
La
semana pasada acompañé a Eduardo a ver a su padre. Francisco me recibió con un
gesto diferente, ya no era ese hombre enojado de antes, su mirada era más dulce
y estaba repleta de nostalgia.
Lo
abracé con mucho cariño, con un cariño de años y él me devolvió ese abrazo.
Charlamos, nos reímos y recordamos los tiempos en los que nuestra visita era frecuente
en su casa.
Como no
podía ser de otra manera, hablamos de las famosas botellas de vino que siempre
faltaban luego de nuestras visitas.
Un poco
en broma, un poco en serio, le pedí disculpas por tantos “robos” y su respuesta
caló hondo, muy hondo en mi alma.
Lejos de
hacer algún comentario en todo de enojo, me miró y me dijo:
-¡No
sabes cuánto daría porque volvieses a sacarme una botella de vino!
No pude
contestarle, le sonreí, acaricié su hombro y callé.
La vida
había pasado también para Francisco. Ya no había jóvenes revoltosos por su
casa, nadie desordenaba, ni hablaba fuerte, hoy lo acompañaba la soledad. Me di
cuenta que esa época no solo había sido hermosa para nosotros, sino también
para nuestros padres.
Me fui
con su frase clavada en el pecho y su mirada instalada en mi corazón.
Decidí
entonces que el siguiente jueves no iríamos a un restaurante, sino a comer con
Francisco, a su casa y así lo hicimos.
Nos
recibió feliz, rió, comió, conversó, fue una noche donde –por un ratito- algo
del pasado volvía al presente. Disfrutamos cada uno de la compañía del otro. En
los ojos de Francisco brillaba la felicidad y el agradecimiento.
La noche
pasó muy de prisa, demasiado sin dudas, debíamos retirarnos pues ya no podíamos
–como antes-dormir hasta tarde el día siguiente.
Antes de
irme, y como no podía ser de otra manera, saqué una botella de vino de la
pequeña bodega de Francisco. La guardé en mi maletín y salí, no sin antes
abrazarlo con mucha fuerza y en ese abrazo, el pasado volvió a ser presente.
Sé que
no bien cerró la puerta, Francisco fue a la bodega y sonrió como si el tiempo,
por esta noche, se hubiera detenido. Sé que esa noche, le devolví un poco de
esa vida que tanto habíamos disfrutado ambos.