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martes, 25 de agosto de 2015

El Guerrero Samurai


Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario. Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío. Todos juntos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros. Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
-¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros? El maestro les preguntó: -Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? -A quien intentó entregarlo, respondió uno de los alumnos. Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos. -Dijo el maestro, cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

martes, 14 de julio de 2015

El Anillo Del Gnomo


Había una vez un niño perteneciente a una familia muy pobre, que todos los días salía a recoger frutos en el bosque. Un día encontró a un gnomo que había sido capturado por un cuervo, usando su resortera, derribó al cuervo y liberó al gnomo.

En agradecimiento le dio una sortija mágica que al frotarlo, podía concederle tres deseos, pero le advirtió que el producto de cada deseo debía ser usado provechosamente, y luego desapareció.

El niño regresó a su casa, pero al momento de entrar, se encontró al recaudador de impuestos, no había suficiente dinero porque la cosecha fue mala ese año, ante tal situación decidió usar el poder de anillo.

Deseó que su sembradío fuera fructífero y así fue, al día siguiente toda su parcela estaba llena de toda clase de legumbres. Gracias a aquel deseo con el tiempo mejoraron su economía.

El segundo deseo fue que su hermana se casara con un hombre bien acomodado, al mes siguiente la hermana se casó con el hijo de un rico hacendado.

Finalmente deseó ser popular y pronto los demás chicos del lugar lo empezaron a admirar sin motivo alguno.

Pasaron los años y cuando creció, le dieron un puesto en la corte local, gracias al poder de la sortija se había vuelto un hombre importante, rico e influyente.

Conforme empezaba a acumular ganancias, empezó a hacerse avaro y egoísta. Un día, mientras él y algunos sirvientes andaban de cacería por el bosque, vieron a un anciano vestido de vagabundo solicitando que le dieran algo de comer, pero el joven se rehusó.

Esa noche, el mendigo se apareció en sueños, revelando ser el gnomo al que salvó, diciéndole que ignoró su advertencia, de castigo, perdería poco a poco lo que había adquirido si no cambiaba su actitud.


Tomó la decisión de no escuchar y siguió actuando avaramente, pero a la semana empezaron a ocurrir desaventuras, primero llegó una inundación y arrasó todas sus tierras, luego el esposo de su hermana le abandonó por alguien mas joven y bella; y por último, la gente se empezó a cansar de sus malos tratos y se levantó en contra suya. Fue juzgado y perdió todo lo que tenía.

martes, 7 de julio de 2015

Carrera De Zapatillas


Había llegado por fin el gran día. Todos los animales del bosque se levantaron temprano porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas! A las nueve ya estaban todos reunidos junto al lago.

También estaba la jirafa, la más alta y hermosa del bosque. Pero era tan presumida que no quería ser amiga de los demás animales.

La jiraba comenzó a burlarse de sus amigos:

- Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.

- Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.

- Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.

Y entonces, llegó la hora de la largada.

El zorro llevaba unas zapatillas a rayas amarillas y rojas. La cebra, unas rosadas con moños muy grandes. El mono llevaba unas zapatillas verdes con lunares anaranjados.

La tortuga se puso unas zapatillas blancas como las nubes. Y cuando estaban a punto de comenzar la carrera, la jirafa se puso a llorar desesperada.

Es que era tan alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!

- Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude! - gritó la jirafa.

Y todos los animales se quedaron mirándola. Pero el zorro fue a hablar con ella y le dijo:

- Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto, todos somos diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos podemos ser amigos y ayudarnos cuando lo necesitamos.

Entonces la jirafa pidió perdón a todos por haberse reído de ellos. Y vinieron las hormigas, que rápidamente treparon por sus zapatillas para atarle los cordones.

Y por fin se pusieron todos los animales en la línea de partida. En sus marcas, preparados, listos, ¡YA!

Cuando terminó la carrera, todos festejaron porque habían ganado una nueva amiga que además había aprendido lo que significaba la amistad.


Colorín, colorón, si quieres tener muchos amigos, acéptalos como son.

lunes, 11 de mayo de 2015

La Joya


Un monje andariego se encontró, en uno de sus viajes, una piedra preciosa, y la guardó en su talega. Un día se encontró con un viajero y, al abrir su talega para compartir con él sus provisiones, el viajero vio la joya y se la pidió. El monje se la dio sin más. El viajero le dio las gracias y marchó lleno de gozo con aquel regalo inesperado de la piedra preciosa que bastaría para darle riqueza y seguridad todo el resto de sus días. Sin embargo, pocos días después volvió en busca del monje mendicante, lo encontró, le devolvió la joya y le suplicó: "Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí".

viernes, 8 de mayo de 2015

El Arroyo Que Deseo Ser Corriente De Oceano


El inquieto hijo de un rico mercader, se dirigía de nuevo a su hogar, después de licenciarse. Por el camino, parose a reponer fuerzas y se sentó junto a un arroyo serpenteante de aguas cristalinas y musicales. Observándolo, su imaginación le brindó la idea de que él era como aquellas aguas, que repicaban frenéticas contra las rocas de sus lindes sin saber adonde éstos las conducían. Su rumor, le pareció una queja desesperada de éstas, pues podían correr sólo con la velocidad que mandaba la pendiente, y sólo en el camino que marcaba su cauce.

Sus educadores habían llenado su cabeza de conocimientos. La aritmética aprendida habría de servirle algún día para llevar el negocio de su padre. El dominio del lenguaje lo había convertido en un buen orador capaz de expresarse con soltura. La lectura de los viejos sabios, le había proporcionado respuestas a cientos de problemas cotidianos, tanto triviales como complejos. El disfrute de las artes deleitaba sus sentidos enriqueciendo su alma. Y sin embargo, allí, absorto en aquel pensamiento, se sintió como aquel pobre arroyo, acaudalado en conocimientos y a la vez preso de un cauce. Y decidió entonces que no quería ser como él, decidió que quería ser como una corriente en el océano. Libre de cauce y pendiente. Libre para viajar con el rumbo y la velocidad que solo él decidiera.

Tomó de nuevo camino, pero sin dejar esa idea atrás. Y empezó a preguntarse que era lo que le podía faltar en lo aprendido para dejar de ser arroyo y convertirse en corriente. Llegó a casa cuando el sol ya tocaba tierra por el oeste, y ni siquiera la fatigosa jornada de viaje había borrado esta pregunta de su mente. Al despertar al día siguiente, se dispuso a visitar a su amado padre. Por el camino hacia el salón donde éste le esperaba impaciente, notó en todo sirviente con el que se cruzó, un ademán de respeto desconocido. Todos lo saludaron con su nombre, y no con el tratamiento que se solía dar a los jóvenes ricos por aquellos lugares. Aquello le hizo sentirse incómodo de tal manera, que fue inclinándose ante cada uno ellos diciendo; - No merezco tal honor, soy arroyo y no corriente, tan solo arroyo. Los sirvientes sonreían por tal ocurrencia, sin tener, por supuesto, remota idea de a qué hacía referencia su joven amo. Y su confesión, aunque incomprendida, le hizo sentirse bien. Y empezó a correr, repitiéndolo sin cesar en voz alta;

- "¡Soy arroyo y no corriente!"

El abrazo de su padre también le resultó extraño, lejos de sentirlo carente de afecto, le pareció solemne y ceremonial.

- "¿Qué pasa padre?. Preguntó el joven con sorpresa. ¿Por qué tu abrazo no es el de siempre?"

- "Es el orgullo que me provocas hijo, que no me deja apretar más los brazos", respondió el padre visiblemente emocionado. "Ayer me visitó el Gran Maestro, y me dijo que tú eres el elegido este año. Irás a conocer al Viejo Sabio."

Era tradición en aquella tierra, que los maestros escogieran, de entre sus discípulos licenciados, aquel que consideraran había aprovechado con más éxito sus enseñanzas. El premio era ir a conocer al Viejo Sabio. Maestro de maestros, erudito entre eruditos, se decía que si una pregunta tenía respuesta, él la conocía.

Marat, que así se llamaba el joven, vio en este honor la oportunidad de conocer la solución a la cuestión que se había instalado en su corazón, desde su alto en aquel arroyo. Sin perder tiempo se dispuso entusiasmado a emprender su viaje, el Viejo Sabio vivía a más de tres días de camino, en La Montaña De Los Pensadores. Donde antes que él, habían morado importantes sabios desde tiempos perdidos ya para la memoria de su pueblo.

Al llegar al lugar donde vivía el anciano, le sorprendió que éste vivía en una modesta choza rodeada de un magnifico jardín, como jamás había contemplado. La puerta estaba abierta, y el joven se aventuró a atravesar el umbral sin pedir permiso. El Viejo Sabio estaba sentado junto a un fuego en el que estaba calentando una tetera.

El Joven hizo una reverencia saludando respetuosamente y esperó a que el maestro le contestara. Éste parecía de lo más corriente, ni siquiera su ademán le pareció el de alguien a quien se le atribuía tanta sabiduría.

- "Y dime muchacho, ¿te apetece una taza de té? Debes estar agotado de tu viaje", espetó el anciano.

Marat aceptó el ofrecimiento, y alentado por el maestro pasó a relatarle como aquel arroyo le había sugerido la idea de que su educación le parecía incompleta, pues se sentía que ésta no le confería la cualidad de alcanzar nada nuevo. Que sólo daba solución a lo conocido, y que se sentía limitado por ella. Que él quería ser libre como una corriente en el océano. Y que daba gracias por haber tenido el gran honor de poder visitarle, pues confiaba en que un gran sabio como él le diría qué le faltaba para lograr su deseo.

El anciano se incorporó y anduvo unos pasos hasta colocarse frente a la ventana desde donde podía contemplar su jardín.

- "Este bello y armonioso jardín es creación mía", dijo. "Cada brizna de hierba está plantada con estas manos cansadas. Aunque crezca bañada por el sol y regada por la lluvia, yo siempre la mantengo a la medida que quiero. He levantado cada roca que decora este jardín y la he colocado exactamente donde deseaba. Si alguna de ellas me pareció no estar en armonía, la he hecho añicos para eliminarla. Antes de plantar ni un solo árbol o planta, arranqué todas las malas hierbas. Y sigo arrancándolas cada día aunque insistan en rebrotar. Obsérvalo bien, no hay nada en él dejado al azar. Es tal y como lo imaginé cuando todo esto era apenas un desierto yermo. Incluso el canto de los pajarillos que ahora lo habitan, estuvo primero en mi mente. Es tal y como yo quiero que sea."

Marat estaba maravillado observando aquel hermoso jardín y escuchando las palabras de aquel anciano, de quien esperaba la solución a su problema.

- "Nada más te enseñaré hoy", sentenció el anciano. "Si realmente quieres obtener la respuesta, deberás aprenderla por ti mismo, pues así tendrá un efecto que no tendría si la obtienes de mis labios. Si realmente la quieres, disponte a pagar el precio que vale."

El joven estaba decidido a obtener lo que había venido a buscar.

- "Estoy dispuesto a pagar el precio, Maestro", dijo con determinación. "Sepa que mi padre es un comerciante muy rico, y acepte el hermoso corcel que me ha regalado para hacer este viaje, como adelanto por sus enseñanzas."

- "No seas necio", dijo el sabio, "el precio lo pagarás tú y no tu padre. Monta tu caballo tomando dirección al norte, y cuando hayas cruzado el río desmonta en la primera pradera que encuentres, libéralo de toda carga y siéntate a esperar. No pierdas ningún detalle. Sí joven, lo primero que tienes que aprender, te lo enseñará un caballo. Luego vuelve, la segunda lección te la dará el río."

Las primeras praderas estaban apenas a media jornada de camino. Cuando Marat llegó hizo lo que le había demandado su maestro. El caballo estaba tranquilo, y permaneció junto a él toda la tarde. Primero sereno. Luego empezó a trotar, trazando pequeños círculos al rededor de su amo, en los que iba cambiando de dirección, cada vez con más frecuencia. A continuación, los círculos empezaron a hacerse más y más grandes. Finalmente, hizo un relincho vigoroso, y desapareció al galope en la llanura.

Invadido por la duda, lo primero que pensó el joven, fue que si había aprendido algo, era una forma estúpida de perder un valioso corcel. En ese momento estuvo a punto de renunciar a su meta en la primera dificultad. Afortunadamente para él no lo hizo. La renuncia devalúa la madera de la que estamos hechos, y entrega algo de nosotros, que como todo lo de valor, es fácil de perder y costoso de recuperar.

El fervoroso deseo de obtener su propósito, le hizo recordar las palabras del anciano: “No pierdas ningún detalle”.

El joven cerró entonces los ojos, y reprodujo en su imaginación, cada uno de los movimientos de su caballo. "¡Claro!", pensó. "El caballo no fue libre cuando yo corté sus riendas. El caballo fue libre cuando se supo libre." 

Contento por saberse victorioso en la primera prueba, el joven emprendió el camino de vuelta. Al llegar al río, cayó en la cuenta de que lo había cruzado a caballo, y que ahora a píe, los rápidos y la profundidad se lo impedirían. Creyó que la solución estaría en vadearlo en otro lugar, pero si se dirigía al nacimiento, pronto encontraba un enorme salto, y si se dirigía a la desembocadura, cada vez se hacía más rápido y profundo.

El aliento que le había conferido su primera victoria, lo llenó de coraje y saltó al agua. Tras las primeras brazadas vio como la orilla de enfrente se desplazaba a gran velocidad. Sintió tanto pánico, que volvió hacia atrás, saliendo del agua unos cuantos metros en dirección a la corriente.

- "Nunca cruzaré el río. Las patas de mi caballo eran fuertes, pero a mí, a mí me arrastrará hasta que pierda el fuelle, y acabaré ahogándome", se dijo desesperado.

Hizo noche en el río, pensando en abandonar y volver a casa.

- "Pero, ¿cómo?. Mi casa está al sur y para renunciar, también se hace preciso vadear el río."

Llevado por su entusiasmo, no se había percatado de que el viejo zorro lo había puesto en una tesitura sin elección.

La mañana siguiente, era como cualquier otra mañana de verano en aquellos lugares. El viento soplaba tenuemente moviendo la vegetación. Los animalitos continuaban con su despreocupada vida, y el río seguía allí, ignorando que fuera un problema para nadie. Fue entonces y sólo entonces, cuando Marat entendió que aquel río, era profundo y rápido sólo en su interior. Así que se sentó frente a él, cerró los ojos, y empezó a imaginarlo como aquel arroyo que, en cierta manera, le había conducido hasta allí. Y fue allí, en su interior, donde lo diseñó en calma y sin peligro. Luego trazó la línea recta que lo conducía hasta la otra orilla, y al abrir los ojos, cayó en la cuenta de que había nadado distancias como aquella cientos de veces. Que la velocidad del agua no debía preocuparle si no luchaba en su contra, y que si en su nado seguía aquella línea que había trazado en su mente, sólo tenía que dar una brazada después de la otra.

Volvió a saltar al agua, pero esta vez con los ojos cerrados. Los abrió cuando tocó las rocas de la otra orilla mucha distancia aguas abajo. En aquella majestuosa mañana de verano, un simple río le había enseñado que hay fronteras, que sólo son tales si así las vemos en nuestros corazones.

Eufórico, Marat tomó camino hacia la morada del Viejo Sabio. Y al llegar, encontró sólo una choza abandonada y polvorienta en medio de una llanura yerma. Donde imaginó un bello jardín, del que arrancó la hierba del rencor, y también la de la ofensa y la injusticia. Y las siguió arrancando cada mañana. Donde rompió en pedacitos la roca de los miedos y la desesperanza. Donde plantó el árbol de la prosperidad, y también el del amor. Donde dejó de sentirse arroyo, donde fue corriente.

jueves, 7 de mayo de 2015

EL HILO ROJO (liao yanping)


Érase una vez, en la chína antígua, un alto funcíonario llamado Wu quíen, después de díez años de casado, no tenía ningún hijo.
Preocupado por el tema, el matrímonío acudío a todo típo de sabíos y medícínas mílagrosas, pero ningún niño les nacíó.
Una noche, pensando en el problema, el funcionario no pudo dormir y se fue a pasear por el parque que estaba detrás de la casa, donde se via la luna llena, tan redonda como un plato.
El hombre sintió un escalofrío al recibir el viento fuerte nocturno y decidio volver a casa cuando, de repente, entrevió una figura humana sentada en el fondo del parque.
El funcionario quiso asegurarse y se acercó, vio a un anciano que leía, con la espalda apoyada en un saco.
El libro era muy grande y la escritura parecia huellas de insecto.
Lleno de curiosidad el funcionario Wu pregunto al viejo que clase de libro era.
El anciano levantó la cabeza.
Tenia las mejillas rosadas a pesar de la gelidez invernal que le rodeaba.
Sonrio y dijo:
No lo vas a entender porque no es un libro mortal.
¿pues que libro es?Pregunto el joven.
Es un libro del cielo , de los dioses.
Entonces el joven se dio cuenta de que tenia delante de el a un inmortal y le pregunto:
Si usted es del otro mundo ¿que hace por aqui?
El anciano miro a su alrededor y contesto:
Porque nos ocupamos de los hombres. Venimos a la tierra a dar una vuelta de vez en cuando y en mi caso, lo suelo hacer en las noche de luna llena, ya que mi nombre oficial es anciano de la Luna.
El funcionario , que cada vez sitio más curiosidad, decidio investigar todo lo que pudiera:¿Cual es su ocupacion?
Me encargo de amparejar padres e hijos-contesto.
Encantado por aquella coincidencia, el joven quiso aprovechar la ocasion y le conto su desgracia . Al final dijo:
Ayer el medico de la corte le dio a mi esposa una bola condensada de hierbas eficientes¿usted cree que dara resultado?
El anciano miro determinadamente en su libro durante mucho rato y luego contesto:
No lo creo. Tu hija ya ha nacido, porqe lo he escrito en mi libro. Tiene cinco meses y cuando tenga cuatro años, se reunira con vosotros.
El joven se quedo perplejo y entonces se fijo en el saco en el que el anciano se apoyaba y le pregunto:
¿que lleva usted en el saco?
El anciano contesto:
Hilos rojos para atar las muñecas de los padres y los hijos. Esto no se ve en la vida mortal, pero una vez estan atados ya no pueden separarse.Estan unidos desde que nacen y para nada cuenta la distancia que los separe o que sus familias sean enemigas, o su posicion social.Tardeo temprano se unirán. He visto que tu y tu esposa ya estais unidos a vuestra futura hija, asi que no hay nada que hacer salvo esperar.
¿Pero donde esta mi futura hija?¿que hace su familia? pregunto einquieto el funcionario.
No esta lejos de aqui.Es la niña que esta con la verdulera del mercado del pueblo-contesto el anciano tranquilamente.
Ja,Ja Ja, ¡Que tonteria dice usted! mi familia es noble y yo soy un alto funcionario de la corte ¿como voy a tener una hija de la vendedora de coles chinas?
Riendose a carcajadas , el joven regreso a casa a dormir.
Pero al día siguiente cuando recordo lo que habia ocurrido la noche anterior, el funcionario penso¿y si fuese verdad lo que dijo el anciano de la Luna?
Muy inquieto, el funcionario mando a su criado a ver si en el mercado realmente habia tal verdulera y este volvio a todo correr diciendo que si estaba la vieja vendedora con un bebé en brazos vendiendo verduras.
Ambas iban vestidas con harapos.-añadio el criado.
El joven funcionario sintio que la ternura se apoderaba de el y penso:pobre criatura, pero mi posicion social no me permite tenerla entre mis brazos.
Entro en su estudio, saco un collar de perlas de jade y se lo entrego a su criado:daselo a la vendedora para que compre ropa y comida a la niña.
Dile que se vallan de alli, cuanto mas lejos mejor.
Trancurrieron tres años y el matrimonio Wu continuaba sin tener hijos. Impresionado por su inteligencia y habilidad el ministro le ofrecio a una de sus hijas en adopcion.
Era una niña hermosa y de buena cuna. El matrimonio Wu la acepto con lagrimas en los ojos.
Por la noche, antes de acostarla de repente descubrio, en el cuello de la niña el collar de perlas de jade que le dio a la vendedora de verduras hace varios años ¿porque lo lleva mi hija?
Al dia siguiente Wu se lo comento al ministro y este le conto que en realidad esta niña no era hija suya sino de su hermano que murio, junto con su esposa, en una inundacion hace cuatro años.Como yo estaba en una ciudad fronteriza cumpliendo mis deberes se la llevo su nodriza que se habia convertido en una vendedora de verduras al perder el trabajo en casa de suhermano.Hace mas de tres años un hombre bondadoso le dio ese collar de jade. La nodriza lo considero un objeto de suerte, se lo colgo en el cuello de mi sobrina y le puso el nombre de Yu Er , la niña de jade.
Al oir estas palabras el funcionario Wu exclamo que extraño es el destino y fue corriendo a contarselo a su esposa.
Al saber la verdad, la mujer quiso conocer al anciano de la luna y acudia al parque todas las noches de luna llena durante mucho tiempo hasta que una noche, cuando la luz de la luna llena alumbraba como si fuera de dia, el anciano aparecio con su libro y su saco de hilos rojos.
La mujer se acerco a todo correr y le hizo una reverencia:
Señor de mi alma, estoy tan agradecida por la niña que nos ha dado usted que no podria vivir tranquila si no le diera las gracias. pero confero la mujer en este mundo hay muchas mujeres como yo que sufren la desgracia de no tener hijos ¿porque no las une a todas con su hilo rojo magico con los niños sin familias?
Mujer de corazon , el amor materno es el mas grandioso de todo: ¡tu deseo sera cumpido!
Desde entonces, el matrimonio Wu con su hija vivieron felizmente. Y muchisimos años despues en la capital del pais aparecio una casa que se llamaba CCAA O CASA CHINA DE ADOPCION Y ACOGIMIENTO.
Se dice que el viejo Anciano de la luna les dío los hilos rojos para que aten a las personas que quieran hijos a los niños que no tengan familia.

lunes, 6 de abril de 2015

Que Alguien Mueva esa Sandia

En la Gran Bañera del Bosque vivían cientos de pequeños insectos y bichitos. Era una simple bañera abandonada, pero resultaba un lugar perfecto para vivir, donde solo había que tener cuidado con el desagüe de la bañera para que no quedara obstruido y una lluvia inoportuna los hiciera morir ahogados. Por eso los forzudos escarabajos eran los encargados de vigilar el desagüe.

Pero una mañana, el desagüe amaneció taponado por una enorme sandía ¡Qué tragedia! Era una fruta tan grande que ni el escarabajo más grande, ni los cinco escarabajos más grandes, ni siquiera todos los escarabajos juntos, pudieron apartarla de allí.

Los insectos más fuertes pusieron toda su energía en la tarea, pero no consiguieron nada. Los más listos aplicaron su inteligencia a encontrar soluciones, y tampoco tuvieron éxito. Finalmente, los más sabios comenzaron a organizar la huida.

Y en medio de tantas penas, una ridícula hormiga extranjera se atrevió a decir que si le dejaban llevarse la sandía ¡Qué graciosilla!

Hicieron falta muchos insectos para calmar a los escarabajos e impedir que aplastaran a la chistosa hormiguita. Pero resultó que la hormiga no estaba bromeando, porque al final del día apareció acompañada por miles y miles de compañeras. Y en perfecto orden, cada una se acercó a la sandía, mordió su trocito, y se lo llevó por donde había venido.

- ¡Pero si así no avanzáis nada! - le dijo un saltamontes a una hormiga que paró un segundo a descansar -. La sandía está igual ahora que antes de tomaras tu trocito.

- ¿Segurrrro? Humm...- respondió con un extraño acento, como si nunca lo hubiera pensado. Y, sin darle más importancia, retomó su marcha.


Pero algo debió hacer aquel trocito, porque solo unos días después no quedaba ni rastro de la gran sandía. Y desde entonces, muchas de las tareas más pesadas en la Gran Bañera se convirtieron en pequeñas, diminutas tareas, que se hacían mejor poquito a poco.

Pedro Pablo Sacristan

jueves, 1 de julio de 2010

La humildad

Se acercaba mi cumpleaños y quería ese año pedir un deseo especial al apagar las velas de mi pastel.

Caminando por el parque me senté al lado de un mendigo que estaba sentado en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque y me pareció curioso ver a un hombre de aspecto abandonado, mirar las avecillas con una sonrisa en la cara que parecía eterna.
Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz.

Quise también sentirme afortunado al conversar con él para sentirme más orgulloso de mis bienes, por que yo era
un hombre al que no le faltaba nada, tenía mi trabajo que me producía mucho dinero, claro ¿como no iba a producírmelo trabajando tanto?, tenía mis hijos a los cuales gracias a mi esfuerzo tampoco les faltaba nada y tenían los juguetes que quisiesen tener.

En fin gracias a mis interminables horas de trabajo no les faltaba nada a mi familia.

Me acerqué entonces al hombre y le pregunte, ¿Caballero que pediría usted como deseo en su cumpleaños?
Pensando yo que el hombre me contestaría que dinero y así de paso yo darle unos billetes que tenía y hacer la obra de caridad del año.
No sabe usted mi asombro cuando el hombre me contesta lo siguiente con la misma sonrisa en su rostro que no se le había borrado y nunca se le borró:

-Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta, yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más. Vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio, hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre que se desvivían por darme todo el amor que le será
posible dentro de nuestras limitaciones económicas. Al perderlos, sufrí muchísimo pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor, yo sí y me sentí mejor.

Cuando joven conocí una niña de la cual me enamoré perdidamente, un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella que cuando luego se marchó, mi corazón sufría tanto... Recuerdo ese momento y pienso que hay personas que nunca han conocido el amor y me siento mejor.
Un día en este parque un niño correteando cayó al piso y comenzó a llorar, yo fui, lo ayude a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes más y aunque no era mi hijo me sentí padre, y me sentí feliz
porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento.

Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sentirán nunca. Cuando consigo dos piezas de pan comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer
que da compartir con quien lo necesita, y recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto.

Mi querido amigo, que más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que estoy consciente de ello.

Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando, ¿qué necesitan ellas? lo mismo que yo, nada... Estamos agradecidos al Cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también.

Miré hacia el suelo un segundo como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez, cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomitas y un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. Jamás pensé que aquel mendigo, era tal vez un ángel enviado por el Señor,
me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano...

La Humildad.