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viernes, 2 de junio de 2017

MIcaela Y El Hada de la Obediencia

Éste es el país de los cuentos. Hoy Micaela ha llegado hasta aquí buscando algo, ¿qué será?
- ¡Hola, soy Micaela!
- Hola, respondió el ratón Brillo Dorado, mientras apuntaba en su libreta de notas con su gran lápiz también dorado.
- ¿Qué haces? - preguntó Micaela curiosa, acercándose al ratón.
- Tengo que anotar a todos los visitantes. Eres la visitante número 3.
- ¿Número 3?, pensé que aquí venían muchos niños y niñas de todo el mundo.
- Tienes razón, en realidad ese es mi número favorito, ji, ji, ji, se rió Brillo Dorado.
- ¿Y qué haces por aquí?, este es un lugar muy lejano.
- Mamá me ha enviado, estoy buscando al Hada de la Obediencia, necesito hablar con ella.
- Pues hoy es tu día de suerte, yo te llevaré - dijo Brillo Dorado.
Es así como juntos emprendieron el viaje. Subieron sobre unas nubes que los transportaron por el cielo y durante el trayecto adoptaban diversas formas, ¡eran hermosas!
Luego bajaron cerca de un río con aguas cristalinas, treparon sobre una hoja de eucalipto se dejaron llevar por las aguas hasta la próxima orilla, ¡Todo era muy divertido! Al final del camino había un castillo muy pequeñito, y Brillo Dorado dijo:
- Aquí es, ya llegamos, yo puedo entrar porque soy pequeño, pero tú necesitas pasar por la prueba de la humildad.
- ¿Cómo es eso? – preguntó Micaela.
- Sólo párate frente a la puerta y si tu corazón tiene dentro el sentimiento de humildad te harás pequeña y podrás entrar.
- ¿Y si no resulta?, tengo miedo Brillo Dorado –dijo Micaela.
- No te preocupes, eres una buena niña. Todo saldrá bien. Entonces Micaela se paró frente a la puerta del pequeño castillo y de pronto, como por arte de magia, se hizo tan pequeña que pudo entrar fácilmente.
- Qué bueno, ya estamos adentro, -se alegró Micaela-, vamos a buscar al hada de la Obediencia, amigo ratoncillo. En medio de un gran altar estaba el Hada, con una sonrisa hermosa.
- Hola, Micaela, ¿qué te trae por aquí?, -preguntó el Hada.
- ¿Cómo está usted, señora Hada?, necesito saber el secreto de la obediencia, pues me está resultando difícil ser obediente con mamá. - Es fácil, querida amiga. ¿Recuerdas las nubes que te trajeron y el río en el que navegaste hasta acá? Pues ser obediente es ser como las nubes que pasan adoptando la forma que el viento les da, son hermosas y pueden ir fácilmente a cualquier lugar.
También ser obediente es ser como el agua que fluye, que corre hacia abajo y llega al océano. El que es obediente tiene ventaja ante Dios, no es una tarea fácil pero te ayudará mucho a escuchar y aceptar las opiniones de los demás.
Luego le dio un abrazo a Micaela y salió por la ventana. Micaela en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en su cuarto. Ese día había aprendido mucho.
FIN
Fuente: https://www.guiainfantil.com/1233/cuento-por-la-obediencia-micaela-y-el-hada-de-la-obediencia.html

lunes, 24 de agosto de 2015

La Gaviota Cartera


Entre unas altas montañas había una aldea pequeña, de unos treinta vecinos, estaban aislados de otros pueblos que había alrededor. Al no poder salir, los vecinos se suministraban sus propios alimentos, ya que cosechaban anualmente muy diversos productos, como los cereales para poder hacer pan; carne del ganado; hortalizas y fruta de la huerta; pescado del río llamado “Riofrio”, etc.

Esta aldea carecía de médico, el más próximo estaba a unos quince kilómetros, pero no iba casi nunca a visitar a los enfermos porque no tenía prácticamente acceso, solo una senda de cabras entre las montañas.

En Santamera, que así se llamaba la aldea, todos sus vecinos se dedicaban en sus quehaceres del campo o el ganado, todos se llevaban como una familia y eran muy felices.

En esta aldea vivía Jacinto, una persona mayor que se dedicaba a cuidar gallinas, cerdos, pájaros y muchos más animales. Tanto quería a sus animales que les enseñaba la forma de expresarse y comunicarse con los vecinos por medio de dibujos.

De entre estos animales tenía una gaviota que era la más lista y obediente de entre todos. Vivía en una jaula grande que estaba siempre abierta, iba al campo y en el pico traía toda clase de alimentos para sus amigos, les llevaba insectos, trigo, maíz y muchas cosas más, por eso todos querían mucho a la gaviota.

Cierto día, Jacinto, el dueño de los animales, recibió la visita de uno de sus vecinos, el cual fue a pedirle ayuda. Le solicitó que le socorriera, ya que era un anciano, pero con una inteligencia sobrenatural. El anciano tenía una hija muy enferma y como de costumbre, los vecinos hacían ellos mismos los medicamentos a base de hierbas curativas naturales, pero  en este caso no mejoraba la niña con nada de lo que le daban.

Jacinto preocupado en el caso de la niña enferma y viendo que las hiervas no le mejoraban, pensó que la mejor forma de que estuviera mejor era que un médico le ayudara, pero estaba muy lejos y no podían avisarle rápidamente.

La gaviota pensó en ir ella a buscar al médico, Jacinto escribió una nota de petición para que fuera de forma urgente a visitar a la niña. En la nota había dibujado una cruz roja que se la enseñó a la gaviota y después la ató a su pata, y veloz partió en busca del doctor. Al cabo de una hora, el médico se presentó en una caballería en la casa de la niña. Enseguida la dio los medicamentos necesarios y la niña a los pocos días ya estaba sana corriendo por la calle.

Toda la aldea estaba orgullosos de la gaviota, que por su gran rapidez la niña se había salvado. Le daban la enhorabuena a Jacinto por sus enseñanzas a los animales, en especial a la gaviota.


Desde entonces, todas las cartas para las distintas aldeas de los familiares las llevaba la gaviota. Por su buen hacer en el pueblo le hicieron cartera oficial de Santamera a la cariñosa e inteligente gaviota, que con su destreza y buen hacer podían comunicarse con todas las aldeas de las montañas.